Cada vez más, se aproxima la melancolía en forma de nube, viene acompañada del clima, del frío, de las lluvias, de los días nublados. Es el tiempo, y a veces, pienso que es mi propia montaña rusa la que me hace subir y bajar, la que no cesa, permaneciendo inconsistente e indecisa. Hoy pensaba, qué será de mi en cinco años, o una cantidad de tiempo que fuese considerable, pero tampoco un siglo. Pensaba que hay tantas alternativas, diferentes entre sí, y con caminos de vida muy distintos. Pensaba que tomar una u otra implica necesariamente optar por algunos lugares físicos, así como también, por algunas personas inevitablemente. Y cuando visualicé eso, volví a darme cuenta de que es imposible que todos salgamos contentos de este descenlace, de que habrán pérdidas, duelos, sacrificios. De que alguien (o varios), saldrán lastimados en el proceso. Y de por más que yo quiera minimizar los costos, proteger a las personas, no lograré abarcar todo y a todos. Hay cosas que debo aprender a soltar. Aún cuando sea doloroso, cuando me sienta por todas partes en la posición de "atrapado en el medio". Debo aprender a asumir que no podré contentar a todos, que perderé pedacitos de mi alma en las decisiones, que no todo lo puedo controlar a mi haber, sin consecuencias, sin finales y destinos. El cielo está de rosa, púrpura y gris, las nubes avanzan, las hojas continúan cayéndose. Las horas también transcurren, pero no la melancolía. No, esa se vuelve más profunda, titánica, misteriosa. Se sujeta de mi piel y no la suelta. Me pinta el cuerpo y el rostro, lo interno, con confianza y sin reparos. No dosifica ni apacigua. Por el contrario, lo muestra todo sin disfraces, ni palabras bonitas. Ahí vienen las nubes, sobre el cielo, sobre mi.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario