Por fin se abandona la máscara para entrar al escensario, desnudo, resignado, de lleno, con todos sus matices y múltiples giros. Se acabó el tiempo. Se acabaron las excusas. Es hora de mirar de frente y confrontar el propio ser, sus sombras, antagonistas y proyecciones. Lo peor ya ha sucedido; darse cuenta de la necesidad del enfrentamiento. La necesidad del sí mismo de buscar la recuperación y la sanación de todo lo doliente, lo amargo, lo innecesario. ¿Qué más puede pasar? Después de la búsqueda deviene nada más que el autoconocimiento, la aceptación, el autocuidado, el amor, y el ser capaces de soltar, de resignificar. Nada puede haber de negativo en eso. El miedo es un paralizador engañoso. Lo peor ya ha sucedido, y ahora sólo resta abrirse por completo, acceder a la consciencia plena, a las posibilidades, las transformaciones, el renacimiento.

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