Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

sábado, 19 de noviembre de 2011

Carta número 600

Siempre pienso que mi máquina de escribir no tiene tanto que decir. Que en realidad, sumando una cosa y otra, algo sale, nada demasiado importante ni elocuente, pero al fin, un respiro, el mío. Y he creído lo mismo durante mucho tiempo. Sin embargo. Aquí estoy yo, en los 600. Inimaginable, ¿verdad? Uno piensa, ¿de a dónde he sacado tanto? Las letras salen, en un torrente vertiginoso. No han sido llamadas y aún así, vienen y se quedan. Armando sus sentencias, volviendo el mundo un poco más loco, sacando poesías de bolsillos y basureros. Aquí estoy yo, en los 600. Todo es tan diferente, y al mismo tiempo, tan igual. Los vacíos con sus relámpagos de fuego, las maletas imposibles y cargadas, las cruces con sus clavos de fierro, las cosas rotas. El tiempo sigue corriendo, pero no los escenarios. Como avanzar en círculos, o talvez, nunca avanzar del todo. Aquí estoy yo, en los 600. Y por otro lado, no todo es desasosiego como antes. Empiezo a pedir. Comienzo a moldear con mis propias manos un sendero de sol en las mañanas y de luna llena por las noches. Con sus aventuras y trajines. He vuelto a maravillarme. Del aire, del mar, de simplemente estar en el universo. Comprendo sus curvas, acepto sus sorpresas, acepto aquello que no puedo cambiar. Salgo a caminar. Descalza. Sin ataduras. Con la mente y los ojos bien abiertos. Abrazo lo positivo. Construyo mi propio hogar, aún cuando sea, sólo yo. Aquí estoy yo, en los 600. Después de las metamorfosis, de pintarme unas alas que todavía no me he atrevido del todo a probar.  He aprendido a soltar. Creo que eso ha sido una de las cosas más importantes. Aprender a dejar lo que nos duele, lo que nos incomoda, ponerlo sobre la mesa y entregarlo. Y también, he entendido, finalmente, que no se puede vivir de fantasías, por mucho que nos gusten, que nos queden cómodas y sean bonitas. A veces, es necesario tener los pies en la tierra y aterrizar a la realidad. Escuchar nuestro cuerpo, lo que nos quiere decir, pues en más de una instancia está en completo acierto. Hacer caso a nuestros sentidos. Hacer caso, a nosotros mismos. Aquí estoy yo, en los 600. Con muchas metas en mi cabeza. Con tantas cosas que me gustaría lograr en este camino de volvernos adultos. Siento que el mundo conspira a mi favor, y que tengo todo al alcance de una sonrisa. Sólo me queda, tomarlas y saltar. Hacerlas parte de mi. Es mi momento, hoy y mañana. No hay nada que esperar, y al contrario, salir a buscarlo todo. Apropiarme del camino. Aquí estoy yo, en los 600. Con la única cosa que me ha dolido perder. Abandonar ese pedacito de existencia que ponía mi vida en ciento ochenta grados. Que me hacía sentir tan bien. Ahora, llego a casa todos los días, todavía con tu perfume en mi piel. Pero luego pienso, es súper fácil caer en un sueño y querer quedarse con él. Lo cual, no está bien. De qué nos sirve tejer tantas ilusiones que no son aplicables a la vida real. En algún momento, es importante detenerse y parar. Aquí estoy yo, en los 600. Sigo deudora conmigo misma, en tantos aspectos. Me falta ayudarme un poco más y recuperar esa fe algo perdida. Me falta volver a confiar en la bondad de las personas. Y creer en que el amor todo lo puede. Que con mis manos, puedo hacer la diferencia. 

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