Algunos años atrás, me dijo una persona, que cuando las cosas no son como esperamos, o estamos en condiciones que no son precisamente las que nos gustarían, y de las cuales no podemos zafarnos con facilidad, que la solución más rápida es simplemente, aprender a desconectar los audífonos. En ese entonces, me pareció muy burda la respuesta, casi ridícula. Pensé, para eso, mejor no le hubiese preguntado. Hoy, cuando ha pasado mucho tiempo desde aquella fecha, y ningún cambio en los escenarios, he pensado nuevamente en lo que me dijo. Ya no me parece tan insólita. Al contrario, creo que tiene su cuota de conocimiento y sabiduría. Eso que para mi se oía tan absurdo, ha comenzado a tener significado de a poco. Sólo puedo decir, que la tarea no es nada sencilla. Requiere tener realmente la calma necesaria y la capacidad de lo que yo llamo el minuto inteligente (ese segundo antes de decir o hacer algo, y pensar bien antes de meter las patas). Sólo con esos ingredientes, se puede lograr desconectar los audífonos. Insisto, es muy difícil. La mayoría de las veces no me ha resultado. Pero no por eso, no lo sigo intentando. Desconectar los audífonos abre otra realidad cuando no tenemos otra posibilidad. Si se practica bien y en forma constante, ayuda. Es la elección que tiene el alma y el consciente, entre participar de la batalla, o resguardarse de ella. A veces tiene sentido luchar, pero en otras, el inteligente es aquel que sabe protegerse de lo inevitable. Aquel que sabe brindar al corazón, cariño, amor, serenidad y auto cuidado.

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