Una pradera de amarillo. Agitándose en el viento, meciéndose en la música. Un único árbol a la redonda. De hojas verdes, luminosas. Tanto por contar, un sinfín de poesías talladas en su corteza. Y mas allá de todo, las nubes danzan en majestuosidad, flotando, circulando. Y los colores se funden en un cielo mágico. Todo resplandece. Brilla en naranjos y violetas. Se forman ciertas conexiones tenues, y una voz de sabiduría se encuentra con ella en la pradera. Una armonía indescriptible, el espacio dibujado en un cuadro de calma. Está allí un momento. Consciente. En atención plena. No hay nada que temer. No hay nada que aguardar. Sólo ser y estar. Asir el mundo con sus manos, en belleza, y sin preguntas.

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