¿Se puede ser así de feliz en el trabajo? Creo que durante mucho tiempo, más bien, en mis años escolares, pensé que la etapa laboral sería otro tedio. Horarios que cumplir, vivir la rutina. Y, ¿quién quiere eso? Nadie. Además, veías a tus papás sin tiempo para nada, corriendo todo el día, chatos de responsabilidades, cansados y durmiendo cero. Hace poco leí también un estudio, que decía que muchos jóvenes no hacían nada al salir de la universidad, pues miraban la realidad de sus papás (trabajar hasta el cansancio para ganar poco y vivir nada) como una oferta bien poco prometedora. Y en parte, tienen razón. Sin embargo, ahora que ya llevo sus meses desempeñando mis funciones profesionales, no puedo estar más contenta. He comenzado a usar mis propios materiales. He diseñado mis propios cursos y talleres. He disfrutado cada hora de terapia, algunas más que otras. Pero al final, lo más importante es que siento que aprendo tanto en el camino, de la vida, de las personas, de las situaciones difíciles. Me ha pasado algo súper loco, pero veo a mis pacientes, también como maestros. Personas que con sus historias pueden enseñarme un poco más cómo vivir, y de repente, cuando uno piensa que está en los peores momentos, hay alguien que necesita mucho más. Ya no sólo es alegría en el reconocimiento y en el sentimiento de gratitud, sino, cuando ayudas al otro a descubrir su propia valía y cuando ellos te tienden una mano (invisible), que te llega al corazón en tus peores días. Por eso me gusta la terapia. Es una relación colaborativa, de mutua entrega. No sólo el paciente crece, madura y evoluciona, sino que también el terapeuta, tanto en su profesión, como en su individualidad. Me encanta lo que hago.

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