Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

domingo, 13 de noviembre de 2011

El árbol de la maternidad

Me siento en tus brazos, como la primera vez que me recibiste. Me sostenías con alegría. Con expectativas. Anhelando tantas cosas pendientes, creyendo que talvez, algo podría resolver. Maybe not. Y aún así, tus ojos se posaron en los míos. El tiempo se hizo infinito en una mirada, se detuvo, se hizo invisible. ¿Qué habremos pensado en ese entonces? Alguna especie de cautivación mutua, de reconocimiento, de aprendizaje de tus sonrisas. Comenzábamos a querernos tanto. Y hoy, han pasado los años, han transcurrido las historias. Qué aventuras y otros eventos más desafortunados. No obstante, seguimos en los brazos, yo en los tuyos y tú en los míos, como la primera vez que me recibiste. Sin soledad. Con afecto. Con esperanza. Un cariño que sólo es nuestro, único e irrepetible. Hemos desarrollado una manera especial de querernos, una que pese a todas las tormentas, sobrevive. Y crece, más fuerte. Pero que también, tiene tantas tareas y responsabilidades. Todavía tenemos puertas que derribar, y candados que romper, sin embargo, el árbol ha madurado, tan alto, que sólo podemos esperar buenas cosas de él. Tenemos que darnos cuenta de los frutos, y aprender a utilizarnos a nuestro favor. Tenemos que trabajar intensamente, para que la luz que nos rodea y que sólo nosotros podemos ver, no decaiga, no se apague. El árbol necesita riego y cuidado. Requiere encontrar algún punto de entendimiento, de convergencia. Y ese algo que haga florecer todas sus bendiciones. Al final, sólo quiero que sepas, que si tú saltas, yo salto. Te quiero.

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