
Horizontes lejanos se enredaban entre sus hebras de seda dorada. Y su pequeña alma andaba en bicicleta divagando por sueños y utopías de infinitos atardeceres. Existencia de colores y formas, que prontamente resplandecían unas sobre otras intentando vivir. Pensamientos y las mismas preguntas. Un futuro incierto. Muchos dolores comprimiendo el tren de la vida. Y aún así, quedaba fe. Estrellas por alcanzar. ¿Qué había sido del sol? ¿Y del amor? Una película que había pasado demasiado rápido frente a su pies. Y no le había puesto alto. Ahora sólo quedaba la luna en su ventana. Y un cuarto con mariposas por crear. Y acariciando con sus manos las nubes, el olor a rosas la invitaba a danzar una vez más. Melodías remotas y amores eternos resurgían en sus ojos de cristal. Y la esperanza perdida se volvía a encender.
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