
Miraba el cielo. Estrellas que se iban. Ilusiones que se deshacían como polvo en sus manos. Oscuridad en su cabeza y un cuerpo arrepentido. Así, el tiempo invariable le oyó susurrar una pequeña melodía que ya la tenía casi olvidada a causa de aquellos antiguos dolores. Llegó el otoño y cada fragmento de su historia pareció dividirse en rojos, amarillos, naranjos y cafés, huyendo en forma de hojas, arrojadas por el viento a un destino desconocido. Hasta sus propios cabellos deseaban escapar del aquí y ahora, y ella sintió entonces, tristeza por el vacío de su alma y la soledad reinante en aquel lugar cansado de soñar.
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