
Entre flores el tiempo te vio crecer dócil y sin barreras. Naciste un día de invierno entre lluvia cristalina y vientos helados, y tus pequeñas manitas revoloteaban juguetonas al compás de las hojas arrojadas por la tempestad. Un mágico conjunto de colores y formas que pretendía deslumbrar a todo el universo. Y con aquella sonrisa de rubí y tus ojos profundos, conquistaste el mundo entero. La naturaleza de la tierra se hizo parte de tu piel y fuiste nada más que otra ola de sus aguas tranquilas. Ahí fue que aprendiste a soñar. Y nunca más te pudimos bajar de las estrellas. Oh tierna pequeña, la luz de los cielos se juntó con el brillo del mar y la frescura de tu paraíso para alumbrar vuestro camino. No dejes que tu corazón se apague, vuela. Sigue construyendo aquel hermoso castillo de ilusiones que en tus ojos solemos descubrir.
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