
Alumbraba una vela pequeña, la oscuridad y el romance de una sala. Y marcada con una estrella, brillaba azul en aquella profundidad hermosa. Olía a chanel. Quizás rosas y vainilla. Quizás virilidad masculina. Fría mañana, pero no en aquel cuarto. Ahí habían brisas de fuego, y una esencia candente esparcida en el aire. Y a puertas cerradas, dos almas solitarias, un mismo corazón apasionado, loco, inundado. Sólo ternura y labios fuera de control. Luego caricias e infinitos abrazos bajo una llama frágil, su propia fragilidad. Satín, y flores bordadas en una seda dorada. Quién piensa en pensar no sabe nada de amor. Éste es simplemente desmesura. Una unión más allá de toda comprensión. Y así, dos cuerpos sensibles en tamaña oscuridad, y sin embargo, una luminosidad mística que nace de cada beso. Comparten el alma en el fuego, y una dulzura efímera, anatómica. Pero es más eterna que el sol, y más imperecedera que ellos dos.
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