Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

martes, 8 de julio de 2008

Carta número 300


Al igual que siempre, el clima tiene mucho más que contar que yo. Se desespera intranquilo entre una neblina traviesa y el esplendoroso sol que intenta imponerse. Y el calentamiento global se acerca dicen. Qué misterios trae la vida, qué dificultades y qué dolores. Vuelvo a sentirme desnuda en una selva desconocida, y los sentimientos se me van para dejar llanto y escamas. ¿Qué más podría decir el día del número trescientos? Hay demasiada soledad, y esperanza de poder construir algo. De armar de poco, pieza a pieza, una historia distinta, unas alas para crecer y escapar de la tortura diaria. Está la ilusión de madurar, de descubrir cosas nuevas, cosas que no creía posibles. Quiero encontrar serenidad de espíritu, reírme en infinitas horas de amistad, soñar con la salud, y regodearme en el amor. Y no sé por qué siento que el cielo está todavía demasiado oscuro para poder lograrlo. Hay trampas, miles de ellas por todas partes. Quieren verme caer, desistir. Y luego caminos inciertos, mentiras y fuego que intenta quemarme. O hielo, que no calcina pero congela el alma. Y entonces tiendo a perderme, y corro en todas direcciones para hallar un destino que no encuentro. Me quedo sola y desvalida en la tristeza de mi cuerpo. En su blancura, en su inocencia. Y después me encierran las paredes de barrotes, y busco limar la aspereza de una tierra que ya ha perdido la fe. Incluso yo lo he hecho. No sé por qué el tiempo es tan cobarde, o él, ellos, o yo. Dime, ¿qué más podría contar el día del número trescientos? No existen las novedades, sólo el miedo de un porvenir que no quiero que sea el mismo. No quiero repetir desgracias, ni quedarme enclaustrada en un traje que no define quién soy. Eso es sólo máscaras y un poco de piel derretida en el fogón de Dios. No quiero quedar atrapada en un mundo que no es mío. Porque nadie me enseñó a vivir bien en él. Y echo de menos las trenzas, los sueños, las risas, y caminar sola en la playa. Extraño los tiempos que eran más fáciles, y los días dulces. Extraño amar sin riendas, y ser querida igual, con la misma comprensión, fidelidad y soltura. Anhelo los besos tibios, los abrazos eternos y las noches sin término. Ay, si supieras todo lo que sueño. Y esa es mi mayor condena. La vida no es como la soñamos. Es cruda y mortal. Y hay que aprender a manejarla.

No hay comentarios.: