
Una vez una niña, teniendo miedo de dormir a oscuras, pidió cobijo a la luna, y ésta en su seno la recibió. La luna blanca y brillante en un cuadrado eterno de estrellas, le cantó melodías dulces, y le contó historias para dormir. Así la niña cerró los ojos. Y debajo de una manta de constelaciones cosida a mano, se refugió de la noche, se alimentó de su calor. Pero los días pasaron, y la niña no quiso despertar. Tanto tiempo había vivido bajo el terror, que no quería regresar a la tierra. No deseaba renunciar al cielo. Y mientras sus cabellos crecían, su cuerpo se hacía más bello y la pequeña se convertía en mujer. Así fue que, una noche de invierno, tuvo un sueño extraño. Alguien le susurraba algo al oído, algo como una melodía de amor. Y entonces la media luna plateada le colocó peldaños de estrellas fugaces, y la mujer logró bajar a la realidad. Ya no habían tristezas ni miedos. Tenía una fuerza interior. Y en la mitad del bosque había un niño, con una flauta de papel. Cantaba de esperanza, sonaba a crecer. Y en sus bolsillos tenía besos guardados, y una carta de pasión. Luego, cuando la mujer se miró en los ojos del niño, descubrió que todavía seguía siendo pequeña, y que juntos podían volver a nacer. La luna les sonrió desde arriba, y con los planetas los invitó a jugar. Los niños nada más tenían que perderse, para luego tomarse las manos y volverse a encontrar. Cuánto tiempo se buscaban. Cuánto habían pedido a la luna, descubrir su otra mitad.
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