Desde la oficina, las nubes parecen motas de algodón. Todo está en silencio. Excepto, por la leve conversación de los árboles. Todo parece un cuadro, si no fuera por el diminuto movimiento casi imperceptible a los ojos; la rotación y traslación de la tierra. Pero todo eso es irrelevante porque, el tema aquí en cuestión no son los paisajes, sino los interiores. El Diván.
Hoy quisiera decir puntualmente, que creo que las aristas más difíciles de hacer terapia hasta la actualidad, son sin duda, dos cosas específicas. En primer lugar, y la más obvia... las contratransferencias. Aspecto del cual me he referido en tantas ocasiones y que es, tan odioso en el momento, pero tan divertido de analizar después. A veces uno ve representada su vida o las historias, en lo que trae el paciente, y entonces, se hace complicado desligarse de eso para no aconsejar como si te lo estuvieras diciendo a ti mismo. Este es casi uno de los únicos conceptos que me gusta de Freud. Hay tanto que aprender del rol del terapeuta y hasta dónde él también entra en sesión.
En segundo lugar, saber cómo dirigir a una persona por "buen camino", cuando la globalidad del escenario funciona erróneamente. Quisieras hacer intervenciones en todos, cuando no siempre se puede o las condiciones no lo permiten. O sencillamente, no todos quieren participar de eso. El caso es que, uno siente en esas oportunidades, que es bien difícil intentar generar cambios en la persona, si no realizas modificaciones más amplias a su entorno.
Sin embargo, hace pocos minutos me di cuenta de que no es tan imposible. Vas uniendo cabos sueltos muy desde abajo, casi sin que nadie se percate, y de repente, las cosas comienzan a mejorar por sí solas. Todo empieza a fluir, con liviandad en el aire, con sentido en las acciones. Y las personas lo agradecen. Hay que ser estratégico. Casi un artífice. Y después del trabajo realizado, me siento tan feliz cuando la gente me sonríe. Cuando me dicen que venir les ha ayudado. Me voy a mi casa pensando: hoy hicimos posible el cambio.

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