La vida de ciudad, ese trajín de los adultos donde el tiempo corre a la velocidad del segundo y nunca nada es suficiente. Siempre se podría haber hecho más y no dejes nada para mañana. Grandes expectativas, altas exigencias y bajo contacto humano. Y mientras miro por la ventana de la oficina, las paredes de blanco, el viento que sopla, los árboles que susurran, veo gente pasar, al trote, con sus trajes laborales o sus atuendos de verano. El año ya casi se acaba, y sin ninguna medalla. Al contrario, muchas heridas de guerra. Se me pasó todo en un abrir y cerrar de ojos. Las cosas que me han sucedido este año, buenas y malas, pareciera que sólo hubiesen ocurrido ayer. El tiempo vuela, en frente de nuestras narices, y todo cambia tan rápido y a veces, no tanto. Me pregunto qué irá pensando la gente mientras camina. Cuáles serán sus sueños, sus anhelos. Me da sincera curiosidad conocer sus historias, sus travesías en aquello que llamamos mundo. Pienso también, si la majestuosa cordillera sentirá la misma soledad concurrida de ausencias que me asiste en este momento. O si talvez, alguna de esas personas que caminan afuera de la ventana, tendrá un relato lo suficientemente conmovedor como para despertar de esta apatía que siento.

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