Toda la vida me la he pasado con una sola idea; la de salir corriendo. Del mundo, de aquella. De una cosa o de otra. Me di cuenta de eso hace muy poco. De mis ensoñaciones un tanto ridículas, y de una variedad de verbalizaciones al respecto. Me parece todo muy tonto ahora. La mayor parte del tiempo, paso los días pensando en correr, de donde estoy, de donde siempre he estado. Salir. Como sea. Con ilusiones de papel y fantasías algo ingenuas. Luego, algo sucede. Las estaciones transcurren. Aparece una diminuta porción de calma. Tiendo a sentirme bien. Y de tanto en tanto, la cotidianidad saca a relucir las celdas, sí, las muy bien conocidas y arraigadas, esas de las cuales he querido escaparme y salir corriendo. Justo cuando creo que se han ido, que los barrotes ya no existen, despierto a la verdad del universo, a lo tangible. Entonces, cada parte de mi cuerpo se aterra una vez más ante la realidad manifiesta. Comienzo a trazar los planes de escape, alisto la mochila. Luego, algo sucede nuevamente. Y sin darme cuenta, continúo caminando a paso lento, como si nunca hubiese armado nada. El sol y sus aventuras producen esa ilusión óptica, no obstante, las ilusiones no duran para siempre. El volcán vuelve a estallar. Y yo, siento la misma sensación y necesidad de querer huir de todo. ¿Por qué no podré pensar que la vida sí tiene algo más para ofrecerme?

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